El camino de Doris Soto como pintora, entre la ciencia, el arte y el agua
9 de febrero de 2026

Desde la investigación, la docencia y la pintura, su trabajo avanza sin apuro, atento a los procesos y a las capas. A veces sobre la tela, a veces en el territorio. Mirar y plasmar son, en su caso, también una forma de cuidar y divulgar.
Lo suyo es el vínculo con el agua. Y ella lo cuenta con gran convicción; eso se refleja tanto en su rol como ecóloga e investigadora, con más de 50 trabajos científicos publicados en revistas de alto nivel, como en sus obras pictóricas, donde aparecen humedales palustres, montañas, ríos y esteros por los que el agua fluye, marcados por el trabajo de la luz y la sombra en cada pieza.
“El agua lo conecta todo, y acá, en el sur de Chile, el agua está siempre presente. Me encanta mirar el agua, mirar el mar, tenerla cerca”.
Comenta que tiene dos vidas. “Yo soy investigadora y me dedico a eso, es lo que hago la mayor parte de mi tiempo. Soy ecóloga e investigadora en acuicultura y su interacción con los ecosistemas, y actualmente trabajo en un centro de investigación”, dice, y sonríe. “Y en mi otra vida, paralela, me gusta mucho la pintura y también escribo un poco; mezclo la escritura con la pintura”.
Aunque ella habla de dos vidas, la científica y la artística, el amor por la ciencia y el arte no aparece como caminos paralelos, sino como dimensiones que se complementan. Estuvieron siempre presentes. Quiso estudiar Arquitectura en la Universidad Católica de Valparaíso, pero por razones familiares era difícil vivir allá. Ingresó entonces a Ingeniería en la Universidad de Chile, en Santiago, y un año después se cambió a Licenciatura en Biología en la Facultad de Ciencias, después hizo el doctorado en Ecología en California.
Cuando se vino a vivir a Puerto Montt, a inicios de la década de los 90, realizó un curso con la artista Katherine Hrdalo, que fue el puntapié inicial para retomar el arte. “Al principio pintaba con óleo, pero no tenía paciencia con el óleo. A mí me gusta generar algo y verlo pronto, y me gusta pintar encima, me gusta borrar, y el óleo no te permite eso”.
Luego vivió doce años en Roma, cuando trabajó para las Naciones Unidas. Fue allí donde aprendió sobre la acuarela, una especialización que no siguió, pero de la cual —y volvemos a la fluidez del agua— adquirió la técnica de la aguada: una forma sencilla de pintura con acuarela que proporciona una capa de color suave y uniforme sobre una superficie extensa. De la acuarela pasó a las tintas y acrílico siguiendo un nuevo taller de Katherine Hrdalo cuando regresó a Chile.
Ella habla del “matado de la tela”, un primer gesto que rompe el blanco y que para ella es fundamental para generar los contrastes, algo que le gusta definir desde el comienzo. “Yo quiero saber dónde va a estar la luz y dónde va a estar la sombra”. Así fue configurando una técnica mixta, en la que conviven acrílicos, agua, tintas y, a veces, incluso gotitas de limón. Un laboratorio sobre tela.
En 2022 realizó su primera exposición individual en el Centro Cultural Diego Rivera, en Puerto Montt, titulada La piel de los ecosistemas. “Yo pinto cosas que quiero conocer y, por lo general, abordo temas científicos que me generan curiosidad: los colores, por qué las cosas se ven de cierta forma, o qué hay debajo de la piel. Esa era, en el fondo, la pregunta de esta muestra: ¿qué hay debajo de la piel del agua?, ¿qué hay bajo la superficie de los volcanes?, ¿qué organismos viven ahí?”.
En su catálogo sobre sus obras lo complementa con estas palabras: “Mis ojos persiguen esas líneas sutiles, esa piel efímera que separa el agua del aire y distingue el perfil de las montañas. Y si bien la física y la química —incluso la biología— pueden explicar la estructura del paisaje que veo, su belleza infinita y sus dimensiones solo se perciben en la imagen que forma mi cerebro. ¿O es mi espíritu?”.
Además, ha participado en tres ocasiones en El Color del Sur, encuentro y certamen de artes plásticas impulsado desde Puerto Varas a nivel nacional. En las dos versiones más recientes, sus obras formaron parte de la muestra colectiva abierta al público en el Centro de Arte Molino Machmar. En la primera de esas exposiciones trabajó con robles y pellines, algunas de las pocas especies del género Nothofagus que pierden sus hojas. “Cuando empiezan a reverdecer en primavera, comencé a pensar qué es lo que hacen las raíces de esos árboles. De ahí surge La fuerza está en las raíces”.
En esta última versión de El Color del Sur, su trabajo sorprende con la obra Maldita Belleza, una pintura que aborda la expansión del chacay, un arbusto que destaca por su intenso color amarillo en el paisaje del sur de Chile, pero que corresponde a una especie invasora, peligrosa y difícil de erradicar. En esta representación, inspirada en las marismas frente a Chaitén y atravesada por esa dualidad —atracción y amenaza—, aparece un pequeño barco. “Me gusta poner detalles, es como una firma: introducir la presencia del ser humano, porque la mayoría de los ecosistemas no son prístinos. Siempre pongo algo que me recuerda que estamos interviniendo”.

¿Cómo imaginas el rol del arte en la divulgación científica y en la construcción de nuevas formas de conciencia ambiental?
Yo creo que la divulgación científica tiene que usar las artes, definitivamente. No me imagino hacer divulgación científica sin mostrar algo que, a la vista o al oído, te motive. La dimensión artística tiene que estar ahí. En el mundo más científico y puro uno usa tablas y gráficos, a lo mejor, pero por ejemplo, para mis clases preparo presentaciones con muchos dibujos. Uso bastante el dibujo digital, también para las carátulas de libros que publicamos, por ejemplo, en la FAO.
Creo que todo eso ayuda mucho a comunicar un mensaje. Además, en el tema de la conservación, a mí me cuesta comunicar mensajes más románticos. Creo que hoy el mensaje tiene que ser mucho más práctico, porque estamos en una situación seria: hay un divorcio total entre lo que se supone que es conservación y desarrollo económico, y ese divorcio nos va a llevar a un desastre. Cuesta mucho que exista ese diálogo, y creo que el arte también puede ayudar en eso, en la manera de comunicar.
¿Te sientes más científica que pinta o pintora que investiga?
Lo mío es más la investigación, a eso me dedico la mayor parte del tiempo. Confieso que a veces me da un poco de pudor ir a estos concursos y ver personas que se dedican y viven del arte, que necesitan vender sus cuadros. Yo también los vendo, pero no vivo de eso.
Al mismo tiempo, pienso que uno no tiene que estar formado en arte para pintar, y eso hace una diferencia. Todos los años digo que me voy a jubilar, y me cuesta mucho, porque siempre estoy metida en muchos proyectos, pero sí me gustaría dedicarme más a la pintura y a la escritura. Les escribo y pinto cuentos a mis nietas. Pinto pocas semanas al año; por ejemplo, ahora me voy a ir de vacaciones a Palena y llevaré mis telas y pinturas.
¿Pintas in situ en los ecosistemas?
Parto pintando in situ, pero luego trabajo con mis propias fotografías. Hago compilados de fotos de lo que quiero pintar. Me gusta tener una idea clara, pero flexible, de lo que quiero. Cuando quiero transmitir algo tengo que tenerlo claro cuando empiezo, no es algo que ocurre así de repente.
Por eso me gusta mucho el proceso de “matar la tela” porque si bien tengo la idea, ese primer ejercicio me abre la parte creativa, porque aquí va, por acá no.
¿Qué ecosistema te falta por pintar?
Me gustaría hacer una colección de obras sobre el desierto florido. Las montañas también me atraen mucho. Comencé a pintar una obra en torno a eso, que aún no está terminada. Me gustaría ir a ver el desierto para retratarlo desde distintas perspectivas.
—
Su obra Maldita Belleza puede verse en la exposición de El Color del Sur en el Centro de Arte Molino Machmar, en Puerto Varas, hasta el 29 de marzo de 2026. Más de su trabajo está disponible en www.chicasoto.com y en su cuenta de Instagram, bajo el mismo nombre.
Fotografías gentileza de Doris Soto.