El cuerpo como territorio: una conversación con Javiera Acuña Rosati

Entrevistas

20 de marzo de 2026

PorMaría José Hess Paz
El cuerpo como territorio: una conversación con Javiera Acuña Rosati

Para Javiera Acuña Rosati la vida es una espiral de movimiento que comenzó mucho antes de que ella tuviera conciencia de sus propios pies. Sentada en la cocina de su casa en Puerto Octay, junto a su hijo Olmo, un canasto con porotos y un álbum de fotografías que es más bien una ventana a otros tiempos, Javiera parece observar su trayectoria con la serenidad de quien ha comprendido que el cuerpo es el único territorio que no se puede abandonar.

Desde Revista Barco de Papel conversamos con Javiera acerca de su trayectoria artística, su búsqueda, sus aprendizajes, días antes de la Gran Despedida Sureña de Familia Carromatto y su Increíble Bus Teatro itinerante "Mastodonte". Una artista que viaja ligera de equipaje, dispuesta a que el camino pueda transformarse en una coreografía infinita.

 

Miremos hacia atrás. ¿Cómo fue ese primer chispazo, ese acercamiento inicial al arte y al movimiento en tu infancia entre Viña y Valparaíso?

Mi acercamiento al arte viene desde pequeña. Recuerdo a mi papá, que hizo teatro por mucho tiempo; tengo ese recuerdo de este ser teatrante. Mis padres me llevaban harto al teatro, a ver obras que eran para grandes, y me camuflaban para entrar. Pero yo sentía algo en el movimiento; creo que la danza siempre vino conmigo, me acompañaba. Mi mamá escuchaba mucho a Silvio Rodríguez y yo me pegaba unos viajes dancísticos con él, muy exquisitos; el movimiento viene de algo musical, la música hace que palpite tu cuerpo. En la escuela pública, los talleres corporales eran mi gran sello; acto que se hiciera, acto en el que yo estaba.

Hubo un momento clave a los 16 años, en los Carnavales de Valparaíso, que parece haber marcado un camino. ¿Qué sentiste en ese encuentro de calle y cultura?

Fue un antes y un después. Fui a participar del carnaval en Playa Ancha y ahí conocí músicos, poetas, cirqueros y a la danza. Fue decir: "Esto es lo mío, yo quiero vivir así". Me invadió ese mundo artístico. Poco después conocí el contemporáneo, el suelo, técnicas que al final me han acompañado toda la vida. Por eso, al salir del colegio, decidí que me iba a dar un año para probar con el cuerpo, para ver si respondía al rigor de la danza contemporánea. Y el cuerpo respondió. Trabajaba en el negocio familiar "Tendenza" para financiar los primeros seminarios y talleres en el semillero de artistas que era entonces Balmaceda 1215.


A los 20 años, impulsada por un pasaporte italiano y el hambre de mundo, Javiera cruzó el océano con el sueño de estudiar teatro físico junto a su pareja de la época. Antes de partir, en una comunidad zen del Valle de Elqui, protagonizó un ritual de desapego, de desprendimiento: se peló la cabeza, bautizándose a sí misma en las aguas de un río.

¿Qué pasó al llegar a Europa?

Trabajé un mes de mesera y; dije: "No quiero hacer esto". Entonces propuse hacer estatuas, pero le dimos secuencias de movimiento. Incorporábamos la danza y la acrobacia. Para mí era importante la producción; no podía pararme con cualquier pilcha, así que pintamos todo el vestuario y usábamos máscaras andinas. Siempre me ha gustado ocupar la arquitectura para crear y para componer.


Su paso por la escuela de circo Carampa en Madrid fue una prueba de fuego para su flexibilidad y su resistencia, pero también un espacio de desencuentro con la técnica vacía. Para Javiera, el circo debía tener una narrativa, un "decir" que traía arraigado de la tradición teatral chilena.

Tras vivir meses en una caravana estacionada fuera de la carpa de la escuela, abrazó la itinerancia como una forma de existencia. Fue en ese bucle de soledad y búsqueda donde nació su etapa más intensa junto al colectivo Circo Pánico, recorriendo Francia, Alemania y Holanda en una gran familia de veinticinco artistas que montaban y desmontaban carpas, fundiendo la música en vivo con lo teatrante en una escuela de vida.

[Fotografía superior: álbum de fotografías de Javiera]

¿Qué te enseñó el circo sobre la resistencia y el trabajo con el otro?

Me costó el desafío corporal de saltar por los aires o pararme de manos; tuve que poner mucha voluntad hasta que lo aprecié. En los espectáculos yo trabajaba como "portora", la que está abajo.

Tenía un número con una compañera donde ella no tocaba el suelo y yo no salía de un balde; esa era nuestra limitante. Fue una época de hacer y hacer, de probar ideas y ponerlas al servicio del público.

[Composición fotográfica "Árbol de Familia" del álbum de fotografías de Javiera]

Después de once años fuera, regresas a Chile y nace la Compañía Familia Carromatto & Co., Circo Teatro de miniaturas y marionetas, ¿cómo ha sido este proceso de volcar toda esa experiencia en un bus-teatro?

En Carromatto mi labor es la de crear. Han sido años de mucho crecimiento, de entender que tengo mucho que entregar. Se han abierto puertas a la docencia, a la dirección, hay mucho espacio.

Carromatto decide ahora cerrar este ciclo y volver a Italia. ¿Qué buscas en este nuevo viaje?

Siento que cada 10 años viene un cambio importante y ahora volver a Italia es muy simbólico. Me voy sin mochila, de verdad, como que no tengo nada; vamos a explorar. He tenido miedo y pasado por todas las emociones, pero confío en lo que soy. Quiero reencontrarme sobre todo con la danza; yo necesito danzar. Me voy sin expectativas, abierta a la vida y a explorar más.


Este fin de semana: Gran Despedida Sureña Familia Carromatto cruza el charco

Este viernes 20 comienza la Gran Despedida Sureña de Familia Carromatto y su Increíble Bus Teatro itinerante "Mastodonte". La Gran Despedida son 3 días de funciones en Galpones de Octay con cortometrajes, juegos y más.

Entradas disponibles en Portal Disc (pincha aquí)

 

[Gráficas y fotografías: gentileza Javiera Acuña]

Para saber más de Familia Carromatto, recomendamos esta entrevista grupal a Javiera y Camilo Guiraud realizada por Paula Campos (pincha aquí).