Inventariar un museo para contar lo cotidiano: Filomena y las puntadas de la resiliencia femenina
11 de mayo de 2026

Ordenar una colección no es solo clasificar objetos. Es hacerse preguntas, devolver contexto y poner en foco a sus protagonistas; por ejemplo, permitir que una revista de moldes de confección revele la historia de una mujer que, a través de sus páginas, mantuvo un vínculo con Alemania y logró abrigar y sostener a su familia.
La historia no solo se lee o se aprende en libros. También habita en los objetos de cada época: utensilios de cocina, herramientas para trabajar la tierra o vestimentas que, al igual que un archivo, nos permiten viajar en el tiempo y comprender la cultura, la cotidianidad y las tecnologías de las comunidades que los utilizaron.
En Barco de Papel entendemos que el periodismo busca aproximarse a la objetividad, pero también somos francas al reconocer que desde el momento en que se elige un tema hay una dimensión inevitablemente subjetiva. En esta revista hay asuntos que despiertan un interés especial, como aquellos objetos íntimos y cargados de afecto, fotografías antiguas, recetarios o documentos domésticos, que narran la historia más allá del relato oficial.
Desde esa premisa recibimos un correo de Teresa Huneeus, historiadora dedicada a la gestión del patrimonio cultural y la investigación. En él nos cuenta que está liderando un proyecto en el Museo Antonio Felmer, en Nueva Braunau, comuna de Puerto Varas, cuyo objetivo es catalogar y documentar toda su colección.
El Museo Antonio Felmer resguarda parte importante de la memoria de la colonización alemana en la zona del lago Llanquihue. Instalado en una antigua construcción de madera, reúne objetos domésticos, herramientas agrícolas, documentos y fotografías que dan cuenta de la vida cotidiana en el sur de Chile desde fines del siglo XIX.
En su mensaje señalaba que le interesaba difundir esta iniciativa a través de la revista y añadía algo que nos pareció clave: “Para hacerlo más atractivo, podemos mostrar alguna historia vinculada a los objetos; de esta manera se relaciona con la identidad y se puede significar”.
Fue un match perfecto.

Así, en un día soleado de verano, las editoras de esta revista, María José Hess y Catalina Billeke, nos dirigimos al Museo Antonio Felmer para encontrarnos con Teresa.
Desde el primer paso dentro de la construcción, una especie de galpón amplio, Teresa comenzó a relatarnos con entusiasmo la historia del lugar. El recorrido avanza mientras ella habla. El acceso conduce a un pasillo cubierto de retratos y fotografías antiguas de colonos alemanes. La mayoría son imágenes posadas, miradas directas a la cámara, cuerpos erguidos, gestos contenidos. Hay en esos retratos una voluntad de permanencia, como si cada familia hubiera querido asegurarse un lugar en la memoria de su descendencia.
En el siglo XIX y comienzos del XX, la cuenca del lago Llanquihue era un territorio profundamente aislado. Las rutas terrestres eran escasas y difíciles, y la conexión con el resto del país dependía en gran medida del lago. Puerto Montt mantenía una relación directa con el mar, mientras que Puerto Varas y las localidades circundantes se organizaban en torno a la navegación lacustre. El tren, que llegó a inicios del siglo XX, comenzó a modificar lentamente esa condición, pero durante largo tiempo la vida aquí se sostuvo bajo una lógica de autosuficiencia.
Esa condición se hace evidente al recorrer la colección. “Eran casas en que todo venía de Europa”, comenta Teresa mientras revisamos los objetos. No necesariamente en el primer viaje, sino con el paso del tiempo: compraban herramientas allá, de buena calidad, pensadas para durar. “Por ejemplo, una navaja alemana para afeitarse, era una para toda la vida”.
Esa autosuficiencia también se hace visible en la colección de carpintería. La variedad y especificidad de las herramientas permiten comprender cómo se configuró la vivienda alemana en la zona, con molduras de ventanas distintas y soluciones constructivas precisas. “No es la casa de un carpintero”, nos explica Teresa mientras revisa los instrumentos, “es la casa de alguien común y corriente; ellos tenían que resolver por sí mismos todos sus asuntos domésticos”.
Luego de pasar por polífonos, instrumentos musicales, relojes de pared y utensilios de cocina, el museo despliega una escena doméstica completa. El recorrido nos conduce hasta una pequeña mesa cubierta de revistas antiguas. Teresa nos entrega un par de guantes y comenzamos a hojearlas con cuidado, conscientes de que ese objeto simple y cotidiano puede abrir una historia mayor.

Filomena y las puntadas de la resiliencia femenina
La historia de Filomena Hitschfeld Scholz fue reconstruida con mayor detalle por el investigador Christian Fox en el texto Filomena y los hilos de la esperanza, elaborado en el marco del proyecto de catalogación del museo.
Filomena nació en 1883, en el sector Línea Cruzada, cerca de Nueva Braunau. En 1907 se casó con José Kinzel Englich y formó una familia en medio de una ruralidad exigente. Años más tarde, tras la muerte de su marido, quedó a cargo de sus hijos. “Se tuvo que hacer cargo de todo”, afirma Teresa.
En ese contexto, recibir ejemplares de Große Modenwelt, revistas europeas de comienzos del siglo XX impresas en gran formato, con figurines detallados, algunas láminas a color, columnas densas de texto y patrones de confección, podría parecer un lujo innecesario. Sin embargo, cada quince días esas páginas cruzaban el océano y llegaban hasta este territorio aislado del sur de Chile, sosteniendo un vínculo constante con Berlín.
La inscripción en grafito en una de las portadas transforma por completo la lectura del objeto. “Filomena Kinzel, Neu Braunau Puerto Varas”, se lee con trazo firme. Aquellas revistas no eran un gesto de ostentación, sino una herramienta. Con ellas confeccionaba ropa para sus hijos y a su entorno más cercano.

Como explica Christian Fox en su investigación: “En aquellos años, sus hijos eran pequeños, y como muchas mujeres de su tiempo, aprendió a extender su labor más allá de su hogar: primero remendando y confeccionando ropa para ellos, luego para sus sobrinos, y con el tiempo, presumiblemente para más de algún vecino y residente cercano. Era una forma de economía comunitaria, discreta, silenciosa, basada en el intercambio de favores, en el tejido invisible del afecto”.
Teresa nos invita a desplegar los moldes y las burdas. Extendidos sobre la mesa, parecen mapas o rutas de vuelo vistas desde una torre de control. Hay en esas líneas una precisión casi matemática. Ingeniería doméstica. Observa las láminas extendidas y agrega: “No era un lujo, era una necesidad. No había dónde comprar ropa acá”.
El trabajo de ordenamiento de la colección permitió comprender que esa revista no era simplemente un objeto importado. Era una tecnología doméstica de resiliencia femenina, una herramienta silenciosa que aportó en sostener y cobijar a una mujer y a su familia en medio de un territorio aislado.
Este proyecto de catalogación fue financiado por el Fondo de Mejoramiento Integral de Museos año 2024, del Servicio del Patrimonio Cultural.
