La artesanía se transforma, pero no desaparece
10 de abril de 2026

Probablemente, en tu casa hay al menos un objeto hecho a mano: un canasto, un tejido, un mortero de piedra. Algo que alguien, en algún lugar, creó con sus propias manos. Ahora piensa por un momento en ese objeto. Míralo como si fuera la primera vez. ¿Cómo es? ¿Qué forma y textura tiene? ¿Cuál es su función? ¿De qué está hecho? ¿Cuántas horas de trabajo se esconden en sus detalles? ¿Quién lo hizo?
Estas son las preguntas que rara vez nos hacemos, pero que revelan lo más importante de una pieza artesanal: su historia. Porque cada objeto guarda en sí mucho más que una función práctica: guarda saberes, memoria, territorio y, sobre todo, personas.
La artesanía no es solo una forma de trabajo; es también una forma de vivir y de resistir. En muchos rincones del sur de Chile, como la Región de Los Lagos, esta forma de vida sigue viva, enraizada en la geografía y en la cultura de las comunidades. Las montañas, los bosques, el mar, las islas… todo influye en cómo se hace la artesanía y qué materias primas se utilizan. Nada está desconectado del entorno.

En Chiloé, por ejemplo, la lana de oveja es mucho más que materia prima: es parte del paisaje, del clima, de la vida cotidiana. Lo mismo ocurre con las fibras vegetales que se usan para tejer canastos. Son materiales que se recogen con conocimiento del lugar y se transforman con técnicas heredadas de generación en generación. El tejido no es solo una técnica manual, es un acto de memoria. Sentarse frente a un “kelgwo” o telar tradicional chilote, repetir una y otra vez el mismo punto, es una forma de conversación silenciosa entre pasado y presente.
En la zona continental, las expresiones artesanales tienen una fuerte influencia mapuche. Allí, los tejidos, los tallados en madera y la cestería cuentan historias de mestizaje, de resistencia cultural y de adaptación. Porque, con la llegada de los españoles, muchas técnicas y materiales se mezclaron, pero las raíces siguieron firmes, y la artesanía ha sabido incorporar nuevos elementos, cuidando no perder su esencia.
Hoy esa tradición convive con la necesidad de reinventarse. Los bancos de lana, las ferias artesanales y otras formas de organización comunitaria han sido clave para darle nueva vida al oficio, conectándolo con los mercados actuales sin romper con sus raíces. De esta forma la artesanía se transforma, pero no desaparece.
Como bien dijo Richard Sennett: “Todo buen artesano mantiene un diálogo entre unas prácticas concretas y el pensamiento; este diálogo evoluciona hasta convertirse en hábitos”. Y esos hábitos, esas manos que repiten gestos antiguos una y otra vez, son las que mantienen viva una parte fundamental de nuestra cultura.
La próxima vez que tengas en tus manos una pieza artesanal, mírala con otros ojos. Porque, detrás de cada nudo, cada trenzado, cada corte, hay una historia que merece ser contada.
Esta columna fue publicada en la primera edición impresa de Revista Barco de Papel, puedes hojear aquí y encontrar en bibliotecas públicas y centros culturales de la región de Los Lagos.