La ciudad como lienzo: muralismo y puesta en valor de lo público

Artes Visuales

22 de septiembre de 2026

PorMaría José Hess Paz y Catalina Billeke Brancoli
La ciudad como lienzo: muralismo y puesta en valor de lo público

El espacio público ha sido históricamente un territorio en disputa, donde el abandono institucional suele derivar en desapego. El muralismo emerge allí como poderosa herramienta de expresión, declarando que esa pared o soporte le importa a alguien. 

Al intervenir muros y superficies degradadas de una localidad, se altera la connotación tradicional de lo público como algo ajeno o lejano, incentivando en la comunidad un profundo sentido de propiedad y cuidado colectivo. De este modo, la pintura callejera se convierte en un soporte que conecta lo físico con la memoria, el recuerdo, un homenaje, una mirada, un deseo.

Este enfoque de recuperación urbana encuentra un sólido respaldo teórico y práctico tanto a nivel nacional como internacional. Modelos aplicados por la galería chilena Metro 21 o iniciativas globales como Project Backboard (Estados Unidos) y Project In-The-Paint (Reino Unido) demuestran que la intervención cromática estructurada en espacios comunes incrementa de forma significativa el uso activo, la seguridad y el bienestar de los barrios. La investigación académica valida que estos proyectos, cimentados sobre ejes como la búsqueda de la identidad local y la valorización del artista urbano, generan dinámicas de co-creación esenciales para sanar el tejido social. Así, el arte contemporáneo rompe el confinamiento de las galerías tradicionales y se instala directamente en el asfalto cotidiano, haciéndose accesible para toda la ciudadanía.

Para José Flores, psicólogo social que ha estudiado el muralismo como práctica del espacio público, estas expresiones artísticas son inseparables de la lógica de la ciudad. "Los murales forman parte del paisaje que la propia ciudad va dejando en sus escombros. A medida que el entorno urbano se expande, aparecen fragmentos de cemento y muros con cierta porosidad, espacios de los que grafiteros y muralistas se apropian para intervenirlos", explica. A su juicio, esas intervenciones no solo transforman lugares abandonados, sino que también contribuyen a construir el imaginario y la memoria colectiva de un barrio, una ciudad o incluso de un país. 

Para el muralista radicado en Frutillar, Raúl Ladrón de Guevara, cuyo trabajo ha transformado diversos rincones de la región de Los Lagos, el verdadero valor de esta disciplina radica en su dimensión humana y comunitaria. Desde su perspectiva, el muralismo es fundamentalmente un trabajo social de vinculación activa, cuya materialización pictórica en un muro es solo el resultado final de un proceso previo de articulación colectiva. Ladrón de Guevara destaca que cuando los vecinos participan activamente desde la etapa de diseño —a través de reuniones, encuestas y talleres— desarrollan una reapropiación íntima del espacio público. Esta tolerancia y validación comunitaria actúa como un escudo natural, explicando por qué estas obras resisten de manera impecable al paso de los años sin sufrir deterioros ni vandalismo.


La obra de Ladrón de Guevara en comunas como Frutillar y Puerto Montt plasma elementos del patrimonio cultural que la propia ciudadanía busca reivindicar, tales como la fauna local, el tren histórico o hitos de la memoria territorial. Un ejemplo fehaciente de esta resistencia cultural son los retratos de dirigentas sociales como la componedora de huesos Francisca "Panchita" Gallardo o Nadia Paredes (fundadora de Aspadif) a un costado del registro civil; rostros cuyo peso comunitario fue tan poderoso que impidió que los borraran. Esta gestión artística desde las bases, compartida por colectivos regionales como Surpinta mediante la autogestión en sectores vulnerables como Mirasol, demuestra que el arte urbano en el sur del país permea las estructuras sociales y siembra nuevas posibilidades culturales permanentes.

Desde otra aproximación, Joel Gamín, quien firma sus obras como Posh del Futuro y se define como grafitero y artista mural. Gran parte de su trabajo se desarrolla en Puerto Montt, donde ha construido un lenguaje visual profundamente arraigado al paisaje y a la vida cotidiana del sur. Estufas a leña, teteras, el mate, las reuniones alrededor del calor o escenas domésticas aparecen de manera recurrente en sus murales. "Los sureños y sureñas tienen un recuerdo simbólico anclado a esos elementos; los reconocen, se identifican. Eso es muy importante cuando uno trabaja en el espacio público", explica. Más que reproducir objetos, busca capturar una atmósfera: ese ritmo cromático y cotidiano propio del sur. La intención, dice, es que quien observe la obra pueda reconocerse en ella y sentir que pertenece al lugar donde está emplazada. 

Revista Barco de Papel invita a un recorrido visual que traza una ruta donde el color, la memoria y la asociatividad se encuentran. Cada fotografía representa una crónica de un espacio recuperado por vecinos, o el mundo privado, quienes toman decisiones sobre su entorno. Un ejemplo de ello es Judith Catalán, dueña de la cordonería Ainil de Frutillar, quien invitó a Ladrón de Guevara a trabajar un mural para cuando sus cortinas se cierran, lo que entusiasmó a sus vecinos, proyectando el trabajo en otros comercios de la misma calle. Contemplar estos murales es reconocer el poder del arte urbano como un manifiesto de que los parques, las canchas y los muros pertenecen, legítimamente, a la comunidad que los habita y los llena de sentido.

Fotografías de Francisco Donoso | Indaga