La memoria revelada: fotografías, películas y archivos ciudadanos que cuentan la historia de sus comunidades

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11 de septiembre de 2026

PorCatalina Billeke Brancoli
La memoria revelada: fotografías, películas y archivos ciudadanos que cuentan la historia de sus comunidades

En la publicación Sobre la fotografía, publicada en 1977, Susan Sontag advertía sobre una sociedad cada vez más habituada a producir y consumir imágenes. La autora observaba cómo la fotografía se transformaba en una práctica cada vez más masiva y advertía un escenario de acumulación constante de registros visuales. Casi cinco décadas después, en un mundo donde millones de fotografías se producen a diario, surge una pregunta distinta: ¿qué imágenes decidimos conservar y por qué? 

Parte de la respuesta puede encontrarse en la acumulación de registros creados por las propias comunidades. En la tinta sobre papel de antiguas fotografías familiares y, cada vez más, en plataformas digitales que permiten difundir y compartir estas imágenes. Son espacios donde se ejerce memoria: donde volvemos a preguntarnos qué valor le damos hoy al pasado.

La historia de La Unión contada por su gente 

Cientos de rostros posando a cámara, expresiones mayoritariamente serias y una postura recta frente al lente. Son retratos realizados durante décadas en el Estudio Fotográfico Real de La Unión. Mientras las primeras imágenes corresponden principalmente a retratos de estudio, hacia fines de la década de 1960 comienzan a aparecer con fuerza las fotografías para carnés y pasaportes. Hoy, ese valioso registro vuelve a ver la luz gracias al trabajo del Archivo de La Unión, que ha digitalizado y difundido parte del material histórico del estudio. 

Quién hubiera pensado que fotografías tomadas para trámites cotidianos, marcadas por la seriedad, la diligencia y una forma casi universal de posar frente a la cámara, terminarían convirtiéndose en una ventana a la memoria de un territorio. Reunidas décadas después, estas imágenes ofrecen a familiares, amigas y vecinos la posibilidad de reencontrarse con rostros de personas que ya no están, que se extrañan o con quienes quedaron historias inconclusas, recuerdos por compartir y, en algunos casos, heridas por reparar. 

El Estudio Fotográfico Real funcionó durante cerca de 50 años en La Unión bajo la dirección del fotógrafo Gonzalo "Chalo" Carrasco. En el estudio existía un riguroso sistema de registro: los nombres de las personas, el número de sus negativos y los encargos realizados quedaban anotados cuidadosamente en cuadernos de trabajo. Hoy, esos volúmenes muestran el paso del tiempo: tapas desgastadas, hojas amarillentas, anotaciones manuscritas y marcas de décadas de uso cotidiano. 

Actualmente, el Archivo de La Unión ha digitalizado y transcrito más de 30 años de estos cuadernos de registro. Sin embargo, sus anotaciones no permiten establecer una correspondencia directa entre los nombres consignados y las personas que aparecen en las fotografías. En muchos casos, quien encargaba un retrato no era quien posaba frente a la cámara —como ocurría, por ejemplo, con fotografías de niños encargadas por sus familiares— y, además, el orden de los registros no siempre coincide con el de los negativos. Por eso, a través de una exposición que se realizó durante varias semanas y de una plataforma web, el equipo hace un llamado a la comunidad a identificarlas y devolverles su nombre, en un acto que es tanto de registro como de memoria.

Así, la exposición permitió a vecinos y vecinas de La Unión encontrar a sus familiares entre 83 mil retratos y dejar sus historias grabadas en cabinas telefónicas. El resultado fue un Archivo Sonoro con más de 8 mil testimonios —124 horas de grabación— y un índice público que permite explorar las fotografías y las historias asociadas a ellas. 

Uno de esos rostros fue el de su abuelo para Isabel Vergara Sandoval. En la fotografía en blanco y negro aparece sosteniendo un letrero de identificación. “Encontré a mi abuelo, que lo encuentro muy parecido a mis tíos. Cuando mi abuelo falleció yo tenía como cuatro años. Me vino una cosita en el corazón de poder llevarle esto a mi familia”, relata como parte de los testimonios recogidos durante la exposición. 

El Archivo de La Unión nació hace algunos años bajo el liderazgo de los profesores de arte Támara Ocampo y Juan Pablo Jullian. La iniciativa comenzó con el registro audiovisual de vecinos y vecinas que habían aportado de distintas maneras al desarrollo de la comuna. Entre ellos, un escenógrafo aficionado, un artista multifacético y un músico, quienes compartieron también fotografías personales que despertaron el interés por el pueblo que aparecía retratado en esas imágenes.

Poco después, un unionino que trabajaba digitalizando videos en Osorno se acercó al equipo con una colección de películas en formato de ocho milímetros registradas en La Unión. El material fue exhibido en una función de cine que emocionó a la comunidad y despertó un creciente interés por las fotografías y registros audiovisuales antiguos.

Con el tiempo se sumaron nuevos materiales documentales, entre ellos el archivo de Sergio Florín, fotógrafo aficionado y corresponsal de La Tercera, que reúne registros realizados entre las décadas de 1970 y 1990. A ello se suma una colección de películas pertenecientes a un dentista que ejerció en La Unión durante la década de 1930. 

La llegada constante de este material, sumada posteriormente al valioso registro del Estudio Fotográfico Real, terminó por dar forma al Archivo de La Unión. La primera exposición del Archivo tuvo una recepción entusiasta por parte de la comunidad, que no solo asistió masivamente, sino que también comenzó a aportar nuevas historias, fotografías y registros para seguir construyendo la memoria local. 

"No podemos cuidar algo que no valoramos. Lo que hemos visto es que la valoración del archivo ocurre de manera muy profunda y orgánica. Primero aparece la identificación personal, cuando alguien reconoce a un familiar o a una persona que forma parte de su historia. Luego esa identificación se amplía a los vecinos, a la comunidad y, finalmente, al territorio. Ahí se genera una apropiación muy grande del archivo y nacen también las ganas de cuidarlo", señala Juan Pablo, director de Archivo de La Unión. 

Es tal el entusiasmo de la ciudadanía por aportar material al archivo que, hasta la fecha, el equipo ha recibido más de 300 donaciones y ha digitalizado cerca del 20% de sus colecciones. "Al final, estamos contando la historia de este pueblo, pero contada por el mismo pueblo", resume Juan Pablo. 

A diferencia de los archivos históricos más tradicionales, donde el valor suele asociarse a grandes acontecimientos, personajes públicos o hitos institucionales, los archivos ciudadanos ponen atención en lo cotidiano. Fotografías familiares, películas domésticas y registros aparentemente comunes adquieren relevancia porque permiten reconstruir la vida de una comunidad. Muchas de las imágenes que llegan al Archivo de La Unión muestran paisajes, celebraciones, paseos, funerales o el crecimiento de los hijos a lo largo de los años. Al incorporar la información aportada por quienes realizan las donaciones, estas fotografías adquieren contexto y nuevos significados. Así, se comprende, por ejemplo, que los registros funerarios buscaban compartir la despedida con familiares y cercanos que no pudieron estar presentes. 

La pasión por registrar un territorio

Sin embargo, ningún archivo surge de la nada. Antes de la conservación, la catalogación o la digitalización, existe alguien que decidió registrar. Ya sea desde la intimidad de la casa o desde una inquietud personal por documentar la ciudad y sus transformaciones. 

Muchas veces estos registros nacen sin una intención patrimonial. Son imágenes tomadas para compartir, recordar o simplemente observar el entorno. Con el paso del tiempo, sin embargo, se transforman en testimonios de una época. Es el caso de Alejandro Guzmán, quien continúa registrando la vida cotidiana de Villarrica, y de Hardy Schaefer, fotógrafo aficionado de Puerto Varas cuyo legado visual sigue permitiendo comprender la historia de la ciudad.

Villarrica: entre el pueblo y la ciudad 

Alejandro Guzmán se define como dirigente social y fotógrafo aficionado. Vive en Villarrica y desde hace años registra la vida cotidiana de la comuna a través de la cuenta de Instagram Villarrica Pueblo. ¿Por qué pueblo? Porque, según explica, la comuna posee dos almas. Por un lado, la ciudad, que ha crecido sostenidamente durante las últimas décadas; por otro, el pueblo, que sigue presente en las costumbres de sus habitantes: saludar a los vecinos en el centro, reconocer los apellidos de familias antiguas o mantener formas de relacionarse propias de una comunidad más pequeña.

Su interés por registrar Villarrica surge precisamente de la velocidad con que observa sus transformaciones. "El momento histórico en cuanto al crecimiento de la ciudad, especialmente en la post pandemia. Es evidente el cambio acelerado de la ciudad en cuanto a su desarrollo urbano y crecimiento de la población. En una década o dos, el rostro de la comuna cambiará significativamente. La conciencia del momento que vive la ciudad amerita aportar con registros que contribuyan a resguardar nuestra identidad. Cada foto y video, desde una convicción personal, representa una memoria", señala.

Para Guzmán, las redes sociales también cumplen un papel importante en la preservación de la memoria local. Si bien esta vive en las relaciones cotidianas y en el vínculo entre los habitantes de un territorio, la tecnología se ha convertido en una herramienta para resguardar y difundir esa identidad. "Es una herramienta pedagógica que permite llegar de manera instantánea a muchas personas. En ese sentido, las redes sociales no solo son tecnologías disponibles, sino también una forma conveniente de compartir y preservar la memoria", afirma.

Hardy Schaefer: transmitir el presente hacia el futuro 

“La identidad es un puente entre quiénes fuimos y quiénes somos. Mantenerla viva no significa anclarse en el pasado, sino honrarlo mientras construimos un futuro que celebre nuestras raíces. Porque al final somos los custodios de estas huellas. Depende de nosotros evitar que se borren en el tiempo y asegurar que sigan resonando como un eco en las próximas generaciones”.

Así comienza uno de los registros audiovisuales que dejó Hardy Schaefer Kinzel, fotógrafo, comunicador y gestor cultural de Puerto Varas fallecido en 2025. Al finalizar la lectura, mira a la cámara y dice: “Soy Hardy Schaefer Kinzel, y estoy transmitiendo desde el presente hacia el futuro para que nuestra identidad siga viva”.

La frase resume buena parte de una vida dedicada a registrar la historia cotidiana de Puerto Varas. Durante más de seis décadas fotografió matrimonios, celebraciones, paisajes, instituciones y transformaciones urbanas, construyendo un extenso archivo visual que hoy forma parte de la memoria de la ciudad.

Según relata su hijo, Edward Schaefer Illanes, “la fotografía fue una de las grandes pasiones de la vida de mi padre Hardy Schaefer Kinzel. Más que un oficio, fue una forma de observar el mundo y de relacionarse con las personas”.

Edward explica que su padre sentía “un profundo apego por Puerto Varas” y que le interesaba registrar aquello que consideraba significativo. Esa cercanía con el territorio fue una de las motivaciones detrás de su trabajo. “Tenía la convicción de que cada fotografía era una forma de detener el tiempo y conservar algo que en algún momento podría desaparecer”.

Con el paso de los años, esa inquietud personal se transformó en un valioso archivo para la ciudad. “Esa mirada lo llevó a conservar cuidadosamente miles de negativos, fotografías y documentos. Siempre entendió que esas imágenes no solo pertenecían a quienes aparecían en ellas, sino también a la historia colectiva de la comunidad”, señala su hijo.

De esta manera, lejos de ser simples colecciones de imágenes antiguas, estos archivos permiten reconstruir la historia cotidiana de una comunidad. Una memoria construida desde las propias personas y los relatos que acompañan cada fotografía, documento o película. En tiempos de producción masiva de imágenes, su valor no reside únicamente en lo que muestran, sino también en aquello que permiten recordar, compartir y transmitir a las futuras generaciones. Allí, entre recuerdos familiares, registros ciudadanos y tecnologías contemporáneas, la memoria encuentra nuevas formas de colarse en el presente y permanecer viva.




Fotografías:
Archivo de La Unión.
Alejandro Guzmán, de Villarrica Pueblo.
Archivo de Hardy Schaefer Kinkel.