Lecturas de invierno: libros para capear el frío
21 de julio de 2026

Lectores y lectoras de Barco de Papel comparten aquellos libros que les han permitido encontrar refugio, compañía y nuevas preguntas durante los meses más fríos del año. Una selección de lecturas para atravesar las últimas semanas del invierno.
El invierno invita a bajar el ritmo, buscar refugio y dejarnos acompañar por buenas historias. Por eso, quisimos saber qué libros recomendarían quienes forman parte de la comunidad de Barco de Papel para atravesar los días fríos y comenzar a despertar de la pausa invernal.
Bajo la premisa «Libros para salir del invierno», les pedimos a nuestros lectores y lectoras que escogieran un título y nos contaran por qué vale la pena leerlo. El resultado es una selección diversa y cercana, construida a partir de experiencias personales de lectura. Acá te la dejamos.
El espía que surgió del frío (1963), John le Carré
Emilio Urriola Órdenes nos invita a viajar al frío escenario de la Guerra Fría a través de este clásico de la novela de espionaje.
¿Viajemos? Viajemos.
Vamos al duro y frío invierno europeo de la década del 60s. Aterricemos en un mundo dividido en dos, físicamente por un nefasto muro. Por un lado, los buenos, por otro, los malos. Y por todos lados pululan los espías, esos personajes que Hollywood nos enseñó que tienen licencia para matar y cuyas misiones se autodestruyen en 5 segundos.
En ese entorno, John Le Carré, primus inter pares según mi sesgada opinión, nos presenta al espía británico Alec Leamas, jefe del contraespionaje de la Alemania Oriental, que se ve envuelto en una conspiración que se desarrolla a un ritmo escalofriante, con todos los clichés del género necesarios para disfrutar como cabro chico.
En lo personal, lo que me atrae de los espías de Le Carré es su impostura. Esa decisión (¿racional?) de vivir una vida ajena, amoral, que avanza sin cuestionar los criterios que les dictan el Partido, la Reina, o el régimen de turno.
Regresemos a nuestros tiempos. Aunque con menos luces, los espías siguen entre nosotros. Si no, pregúnteles a los oligarcas rusos que se caen accidentalmente de un décimo piso.
No descartaría que Le Carré, fallecido el año 2020, esté moviendo los hilos desde el más allá.
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Un año en los bosques, Sue Hubbell
Valentina Colodro recomienda este clásico de la escritura de naturaleza, que invita a observar sus ritmos y, en vez de apresurar el final del invierno, aprender a habitarlo.
Cuando recibí la invitación a recomendar un libro para «salir del invierno», pensé precisamente en uno que propone lo contrario: abrazarlo. En Un año en los bosques, Sue Hubbell, bióloga y bibliotecaria, relata su decisión de abandonar la vida urbana para instalarse en una granja remota de las montañas Ozark, en Misuri. De esa experiencia nace este relato autobiográfico, convertido en un clásico del nature writing.
Su escritura combina historia natural, memorias y un agudo sentido del humor. Sin idealizar la vida rural, Hubbell nos recuerda que la naturaleza tiene sus propios ritmos. El libro recorre las cuatro estaciones y, al terminarlo, uno comprende que el ciclo solo cobra sentido cuando se vive completo, incluso durante el invierno más crudo. La autora encuentra belleza en el frío de una mañana invernal, en la quietud de la nieve y en el canto de los coyotes.
Lo recomiendo a quienes disfrutan de la observación paciente, la soledad elegida y los relatos que no necesitan grandes giros para ser memorables. Sobre todo si esta vez, en lugar de apurar el invierno, quieres aprender a quedarte en él un poco más.
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Taguada (2019), Andrés Montero (Sudamericana)
Gianitsa Corral recomienda una novela breve y ágil que, a partir de un legendario duelo de payadores, se adentra en la tradición oral, el folclore y la memoria colectiva chilena.
La Noche de San Juan y el campo chileno de mediados del siglo XIX son el escenario perfecto para un duelo de payadores que dura 96 horas seguidas. Al menos eso dice la leyenda, que el autor toma como punto de partida para su empresa personal: descubrir qué hay detrás del mítico contrapunto entre don Javier de la Rosa –el latifundista– y el mulato Taguada –el peón errante–.
El mismo escritor se inserta en la narración como recopilador –al igual como lo hizo Violeta Parra– de las piezas que permitan ir armando la historia que alguna vez escuchó de su padre; y años más tarde, del mismísimo Nicanor Parra.
A través de un relato coral y viajes en el tiempo, va reconstruyendo el ambiente y sus personajes, hasta revivir la mismísima contienda musical. La cual –alerta de spoiler– terminó con la vida del mulato al saberse derrotado por el patrón.
Taguada es la segunda novela de Andrés Montero, conocido por su interés en el relato oral y el rescate de la memoria colectiva. Un libro breve y con un ritmo ágil que entretiene y ofrece una mirada sobre el folclore y la astucia chilena en la naciente república.
Zama (1956), Antonio Di Benedetto
José Miguel Martínez recomienda esta novela sobre la espera y el paso del tiempo, cuya atmósfera dialoga con la larga pausa del invierno en el sur.
El invierno en el sur, con todos sus temporales y heladas y resfríos, es una larga espera por la primavera. Una novela que refleja este estado de latencia, de espera existencial, es Zama (1956), obra cumbre del argentino Antonio Di Benedetto.
Don Diego de Zama, funcionario de la corona española en Asunción del Paraguay, espera una carta. Dicha carta lo trasladaría al Buenos Aires de fines del siglo XVIII, para estar junto a su familia. Y, mientras esa carta no llega, él espera.
Zama no es una novela histórica, sino una pieza anacrónica, de orfebrería verbal; una novela que trabaja desde la artesanía del lenguaje. Para crear en ella la impresión de un español antiguo —para entregar un sabor, digamos, a Historia—, Di Benedetto se valió de un léxico único, mixtura de su propia voz contemporánea con atisbos del Siglo de Oro español, capturando así la espera de Zama por la mentada carta.
Esta espera lo hace atravesar distintos estados de la conciencia, pasando de una mirada concreta hacia una percepción onírica para, finalmente, acabar en el delirio mismo. Este proceso de degradación —síquico, moral—, tiene su correlato en los cambios del estilo narrativo de las tres partes que estructuran la novela, estilo que, en un principio, presenta una voz más recargada, casi barroca, para luego rematar en la voz minimalista de la última parte.
Toda gran novela es una propuesta sobre el tiempo. Y, en el caso de Zama, el declive que se produce a través de una década —de 1790 a 1799— está supeditado a un tiempo que, desde el tono y la percepción subjetiva del personaje-narrador, pareciera estar estancado, como un reloj que mueve y retrocede su aguja en un efecto de suspensión pendular representado a su vez, y desde la primera página, en la imagen de un mono muerto que Zama, Sísifo moderno, atisba, varado entre los palos de un muelle, yendo y viniendo en el agua.
Todos esperamos algo en nuestras vidas. Hay quienes eluden este sentimiento —el del carácter repetitivo del tiempo—, hay quienes lo aceptan y lo viven. No recomiendo Zama, en ese sentido, a lectores ansiosos o pragmáticos; tampoco a lectores ligeros o veraniegos. Sí se la recomiendo a quienes esperan pacientemente el fin del invierno, día a día, hora a hora, momento a momento; lectores que, tal vez, han llegado a comprender que la carta que aguardamos con más impaciencia es aquella que en realidad nunca nos llega, no porque se haya extraviado o destruido, sino sencillamente porque nunca fue escrita.
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El hombre que amaba a los perros (2009), Leonardo Padura
Patricia Rada Salazar recomienda esta novela que entrelaza historia, política y memoria para indagar en el poder, las utopías y las consecuencias humanas de las ideologías.
Leonardo Padura (La Habana, 1955), es uno de los escritores más importantes de la literatura contemporánea latinoamericana y, por cierto, ganador de diversos reconocimientos durante su carrera. El hombre que amaba los perros, es -a mi juicio- una novela monumental que logra entrelazar la historia, política y memoria. A partir del encuentro casual entre un escritor cubano y un misterioso hombre acompañado por dos galgos rusos, Padura reconstruye la vida de León Trotski, la historia y el itinerario de su asesino, Ramón Mercader, y las consecuencias humanas del estalinismo.
Más que una novela histórica, es una profunda reflexión sobre el poder, las utopías, las traiciones y el costo de las ideologías cuando se imponen sobre las personas. Con una investigación que se revela rigurosa, llena de detalles y una narración absorbente, es una lectura especialmente recomendable para quienes disfrutan de la historia del siglo XX, la política, las novelas de gran aliento y los relatos donde los personajes y los dilemas morales permanecen mucho después de cerrar el libro, ofreciendo nuevas perspectivas de análisis y apreciación de la historia.

Un hombre (1979), Oriana Fallaci
María José Hess Paz recomienda una obra que la marcó desde su primera lectura y en la que confluyen el periodismo, el amor, la resistencia y la defensa de la libertad.
No tengo un libro favorito. Para qué y por qué elegir uno cuando existen tantos que me han gustado por razones diferentes: historias increíbles, personajes inolvidables, formas de narrar. Pero cuando me preguntan por un libro que me ha marcado, entre ellos aparece Un hombre, de Oriana Fallaci, libro que heredé de mi abuela. Más bien lo hice mío: en la primera página aparece su nombre y el año en que yo nací, razón más que suficiente para que llegara a mis manos.
Leí Un hombre a mis 18 años, entonces no podía soltarlo. Me hizo pensar en lo bueno y lo malo, en lo justo e injusto, en los límites, el amor, en el periodismo.
Me gusta mucho leer crónicas y también leer a periodistas y este es un libro escrito por la primera corresponsal de guerra italiana. Florentina, de personalidad fuerte y agudo ejercicio del oficio, Fallaci redefinió la entrevista política mediante una pluma con postura. La periodista despojó al poder para someterlo al escrutinio desde la confrontación, desentrañando las contradicciones de figuras del siglo XX, utilizando la palabra frente a la tiranía y demostrando desdén por la diplomacia.
En un perfil de NatGeo, relatan que siempre defendió el feminismo, incluso frente al Ayatollah Jomeini, en Teherán. Varios fueron entrevistados por ella: Ghandi, Scorsese, Sinatra, Arafat, Kissinger, Meir, Kennedy. Explicó al Times cómo elaboraba sus entrevistas: "Lo que guía mis preguntas en cada entrevista es un retrato de mí misma, una extraña mezcla de mis ideas, mi temperamento y mi paciencia". Fumaba más de dos cajetillas de cigarrillos al día, ¿qué periodista de la época no fumaba?, pero el cáncer al pulmón lo atribuyó al humo de los pozos de petróleo de Kuwait incendiados por Sadam Hussein.
En Un hombre, su intensidad choca y convive con el amor, en un texto donde Fallaci rompe toda distancia y se involucra más que nunca. La figura de Alexandros Panagulis (Alekos, héroe de la resistencia griega contra la dictadura de los Coroneles), es narrada desde la pasión y el desgarro. Fallaci aquí reconstruye diálogos, moldea tiempos narrativos y adopta un lirismo descarnado. Licencias por la que también fue objeto de crítica en su minuto otro periodista, Ryszard Kapuściński. La verdad es que no me importa: la crónica toma de la epopeya elementos como la rebeldía y la tragedia.
Recomiendo este libro a lectores que aprecian el periodismo narrativo, así como a aquellos fascinados por las historias de clandestinidad y disidencia.
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Persépolis (2000–2003), Marjane Satrapi
Valentina de Aguirre recomienda esta novela gráfica autobiográfica que, desde una mirada íntima, inteligente e irónica, recorre la infancia y juventud de su autora entre Irán y Europa.
Aunque esta recomendación puede llegar de manera un poco oportunista tras la reciente muerte de su autora, no puedo dejar pasar Persépolis, de Marjane Satrapi. Lo tenía pendiente hace mucho, pero fue recién el 4 de junio de este año, el día de su muerte, que decidí sacarlo de la biblioteca y entrar finalmente en el mundo de Satrapi.
Persépolis es una novela gráfica autobiográfica que fue publicada originalmente entre 2000 y 2003 en cuatro tomos —hoy reunidos en un solo volumen— y que se lee rápida e intensamente. El libro cuenta la infancia, adolescencia y primeros años de adultez de Marjane, con ilustraciones en blanco y negro, minimalistas y sorprendentemente expresivas.
Satrapi logró meterme en un mundo lejano con una cercanía sorprendente. Desde el cierre de su escuela liberal en Teherán durante la Revolución Islámica, la llegada del velo, el viaje a Viena a los 14 años para seguir sus estudios “en una Europa laica y abierta”, hasta el exilio, el regreso a Irán, el ser una occidental en su país y una iraní en Occidente, y su decisión de radicarse en Francia.
Un libro que no es solo para quienes disfrutan de la novela gráfica (ellos probablemente ya leyeron este referente), sino a cualquiera que disfrute de las buenas historias y que quiera conocer más un momento clave de la historia reciente desde una mirada íntima, inteligente, irónica y profundamente humana.
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El jardinero y la muerte, Guergui Gospodínov
Josefa Palacios Noguera recomienda este relato íntimo sobre el amor, el cuidado y el duelo, en el que el jardín aparece como reflejo de los ciclos y transformaciones de la vida.
El jardinero y la muerte es un libro en el que el autor búlgaro Guergui Gospodínov relata su experiencia cuidando a su padre durante los meses previos a su muerte. Este relato se entrelaza con los recuerdos que conserva de él. Es un libro sobre el amor y el duelo, experiencias universales que aquí son descritas de una manera profundamente íntima.
Me gustó porque aborda temas que me resultan muy cercanos, tanto personal como profesionalmente: el cuidado, la muerte y el jardín.
El libro nos invita a pensar en la muerte y en el legado de quienes queremos; en la transformación del amor, la muerte como única certeza y aquello que nos conecta con la vida. La muerte aparece también como un reflejo de nosotros mismos en tanto sociedad.
El jardín, por su parte, es presentado como reflejo de la vida: un espacio donde concurren la siembra, el crecimiento y la muerte como partes de un ciclo permanente; un lugar de transformación.
El libro también recoge la experiencia de cuidar a personas que se encuentran al final de sus vidas. Transmite la intensidad emocional de esta labor y la importancia de las relaciones humanas en las experiencias de cuidado.
Esta es la historia de un hijo que cuida a su padre al final de su vida y que luego lo recuerda. Aquí aparece un cuarto eje que me gustó del libro: la masculinidad y las demostraciones de afecto entre los hombres, sobre todo en la época en que vivió el padre del autor. El relato está lleno de detalles de amor, señales a veces torpes u ocultas, que logran expresarse en gestos, miradas, algún abrazo o una sonrisa. Gospodínov se percata de ellas y las describe con profundidad.
En El jardinero y la muerte, Gospodínov transmite la idea de la muerte como parte de un proceso natural que da continuidad a la vida, y del jardín como un recordatorio de que la fragilidad y la renovación conviven; que cada estación trae consigo pérdidas y renacimientos, y que la existencia misma contiene, en su esencia, esa danza entre lo efímero y lo eterno.
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Tan poca vida, Hanya Yanagihara
Claudia Yolin comparte una lectura intensa y perturbadora que la lleva a preguntarse por el valor de aquellas obras capaces de desordenarnos y permanecer con nosotros mucho después de haberlas terminado.
Tengo una fascinación por el arte que es tan magnífico como dañino: diversas manifestaciones artísticas que se quedan en uno a través de imágenes perturbadoras —de esas que nos desordenan por completo— y que nunca olvidaremos, aunque queramos. Son imágenes que, en su dolor, nos entregan la confirmación de que todo está bien con nuestra existencia: problemas más, problemas menos, tenemos todo para ser felices.
Hay maestros en el arte de la perturbación. En el cine encontramos al brutal Gaspar Noé o al quizás más elegante, pero no menos inquietante, Michael Haneke. En la pintura, al clásico Goya o al estrambótico Zdzisław Beksiński. Y en la fotografía, a la adorada Cindy Sherman. Creo que el arte debiera ser, por sobre todo, todo: lo bueno, lo malo y cuanto hay entremedio, apretujado entre esos dos polos binarios y aburridos.
Con la lectura me pasa algo muy particular. Admiro tanto el proceso de escritura y el infierno que imagino que se abre en esos cerebros mientras buscan la mejor forma de decir algo, que cada vez que empiezo a leer busco instantáneamente el valor de ese esfuerzo.
Me guste o no, creo que su existencia debe ser honrada más allá del éxito de sus ventas.
A diferencia de otras artes, nunca tengo miedo al empezar a leer; me siento como Heidi en la pradera cuando abro un libro, aunque a veces termine cayendo en el precipicio de la desesperación. Quizás con lo biográfico soy un poco más cauta, porque sabemos que la realidad puede ser muy cruda, pero frente a una novela soy un pajarito nuevo.
Con esta apertura empecé a leer Tan poca vida, de la escritora estadounidense Hanya Yanagihara. Un ladrillo de muchas páginas para una lectora intermitente como yo, cuya portada me guiñó el ojo antes de que alguien me lo prestara. Podría hablar eternamente de carátulas, portadas y su relación con el contenido y el lector, pero eso es harina de otro costal.
Tan poca vida es como una película de Gaspar Noé. Mientras leo, me pregunto por qué la vida me está entregando este contenido y por qué no puedo parar. Afecta seriamente mi vida cotidiana: no quedo precisamente alegre después de la abducción en que me sumerge. Me pregunto qué hay detrás de esa atracción, qué regalo guarda para mí o si se trata solamente de una relación estética y literaria tóxica.
No sé si recomiendo este libro, pero, sin duda, es una obra magnífica: desgrana sin miramientos una vida trágica. La propia Yanagihara ha descrito su novela como pesimista, aunque no fatalista, y como una reflexión sobre la presión que ejerce la esperanza cuando parece obligarnos a superarlo y repararlo todo. Es una genia.
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Como agua para chocolate, Laura Esquivel
Catalina Billeke recomienda una novela a la que vuelve cada invierno: un viaje sensorial donde los sabores, aromas y texturas se mezclan con las emociones, la memoria familiar y el realismo mágico latinoamericano.
Pese a que soy sureña y me crié en un contexto donde el viento y el frío te curtían los cachetes, no sé por qué cada año me cuesta más el invierno. No sé si es el frío y un cuerpo menos aguerrido; la falta de luz, o esa capacidad que tiene esta estación para llevarnos puertas adentro, tanto física como mentalmente. Es por ello que, durante estos meses, vuelvo a mis libros y series favoritos.
Como agua para chocolate es uno de esos libros que me gusta releer año a año. Durante mucho tiempo tuve prejuicios frente a él. En mi casa de infancia estaba junto a los libros Icarito, lleno de polvo y bajo la etiqueta de bestseller. Debido a la información que me había llegado, daba por hecho que sería un libro tan romántico y «cursi» que no podría disfrutarlo.
Pero, abrazando los cambios y también el derecho a cambiar de opinión, descubrí en Como agua para chocolate un viaje sensorial donde sabores, aromas y texturas narran emociones y pasiones. A través de una mezcla sutil de realidad y fantasía, la novela rescata la riqueza de la tradición culinaria mexicana y la convierte en una forma de contar la vida, los afectos y los conflictos familiares.
Quizás regreso a sus páginas porque, en los días más fríos, pocas cosas abrigan tanto como una historia atravesada por la cocina, los recuerdos y ese realismo mágico tan latinoamericano que tanto me gusta.