Lo que queda, lo que desaparece
17 de abril de 2026

Hay novelas que no se leen: se habitan. Como si sus páginas te atraparan con... Olvidarlo todo no se deja leer desde afuera, como quien hojea la historia desde un refugio cálido y neutral. La novela pide más: pide que uno camine con sus protagonistas, que sienta el frío en las encías, que dibuje con las manos entumecidas los contornos de lo perdido.
La historia transcurre en Isla Dawson durante los años más duros de la dictadura chilena. Un grupo de prisioneros políticos, entre ellos el arquitecto Miguel Lawner, es enviado a este confín del sur del sur. En ese escenario hostil, helado y lleno de viento, los reclusos sobreviven entre la rutina forzada y el esfuerzo por no ceder del todo a la deshumanización. Lawner, como otros, encuentra en el dibujo —y luego en la restauración de una iglesia abandonada— una forma de persistir. No de redimirse, ni de explicarse, sino simplemente de no desaparecer.
Podría decirse que se trata de una novela histórica, y sería cierto en un sentido escolar: hay fechas, nombres, geografías precisas. Pero la verdad es que Fabián Riquelme no construye una historia del pasado, sino una historia del tiempo. Un tiempo denso, irregular, donde los días se repiten con idéntica coreografía —despertar, marchar, izar la bandera, trabajar, dibujar, dormir— pero cada uno de esos días carga con una mutación leve, casi imperceptible, como la oxidación de un clavo en la intemperie.
La historia no avanza, se acumula, sumando no hechos, sino residuos: vestigios de humanidad, fragmentos de memoria, trozos de voz. Un espejo de mano, un peine desdentado, una piedra grabada con un número. El relato mismo está construido como una arqueología de lo ínfimo, como si todo lo que queda del horror no fueran documentos ni monumentos, sino objetos sueltos flotando en el fango.
La isla donde transcurre esta historia, Dawson, no es solo un escenario. Es un personaje más, o quizás el protagonista. No importa si alguna vez fue nombrada por un marino inglés —el nombre se diluye como el papel mojado. La isla, escribe Riquelme, “parece ralentizar en ella el paso del tiempo, a costa del vertiginoso envejecimiento de su entorno”. Su lógica no es la del calendario, sino la de la ruina. Y en ese ecosistema devastado, los hombres, prisioneros, como los objetos, también envejecen y se oxidan; también luchan por no desaparecer del todo.
Miguel Lawner, arquitecto y prisionero, reconstruye una iglesia en ruinas sin planos ni herramientas. Solo papel, lápiz y memoria. Y con eso, como quien lanza una cuerda al vacío, intenta no naufragar. Lo que hace es más que un acto de resistencia: es un modo de existir, de mantenerse con vida dentro del desmembramiento. “Destorciendo cruces, abriendo ataúdes, trazando planos”, escribe Riquelme. Porque incluso cuando todo parece haber sido arrancado —los nombres, los roles, los derechos—, queda la forma. Y si queda la forma, queda el deseo de reconstruirla.
Esta novela no narra grandes gestas. Su épica es otra. Aquí no hay conquistas gloriosas ni enemigos derrotados, sino el estremecimiento ante lo que ya no está. Si Adiós al 7° de línea celebraba la victoria militar del norte abrasado, Olvidarlo todo se despliega en el sur helado, en el silencio de quienes perdieron y aún así persistieron. No como héroes, sino como restos, espectros de la dictadura.
Y es en esos restos donde se juega lo esencial. Porque todo el libro gravita en una tensión fundamental: la de recordar o olvidar. No como alternativas morales, sino como pulsiones contradictorias que atraviesan cada gesto. ¿Qué es más humano: fijar un recuerdo o dejar que el viento lo borre? Tallar una piedra o ver cómo la corriente se la lleva. “La isla oculta una oración poblada de nombres escritos en la roca bajo el hielo”, dice el narrador. Y uno entiende que esa oración, incompleta, frágil, es también la novela.
Tal vez por eso no hay un narrador omnisciente ni una voz autoritaria que lo explique todo. Hay fragmentos, voces interrumpidas, murmullos. La estructura, que algunos han llamado espiral, se parece más a una sinfonía involuntaria, donde cada personaje —compañeros, celadores, fantasmas, piedras— aporta una nota, un acorde, una disonancia. Y el resultado no es armonía, sino reverberación. Una música que no se olvida porque nunca termina.
Uno cierra este libro con la sensación de haber estado allí. De haber visto la escarcha cubrir los zapatos, del viento arañar la piel, de caminar junto a ellos hacia el templo bajo el peso los troncos de coigüe y la mirada impávida del cielo inmóvil. Pero es apenas una sensación. Porque ningún libro, por más lúcido o doloroso que sea, puede hacernos experimentar realmente lo que es vivir con el cuerpo cercado, con la dignidad perforada, con el tiempo convertido en castigo. Ninguno puede transmitir del todo el espanto, la humillación, la pérdida de sentido.
Lo que sí puede —y eso ya es mucho— es acercarnos al abismo. Asomarnos con cuidado al borde, y dejarnos oír lo que todavía resuena ahí abajo. Porque los fierros del fascismo, como bien sabemos, no se han oxidado del todo. Están otra vez al acecho, disfrazados de orden, de progreso y sentido común. Y una novela como esta, que no nos salva del horror pero tampoco nos deja olvidarlo, no es solo importante. Es urgente.
Esta reseña es parte de la primera edición impresa de Revista Barco de Papel, que encuentras disponible en bibliotecas y centros culturales de la Región de Los Lagos y que puedes hojear de manera digital también aquí: