Nuestro tercer lugar

Opinión

16 de junio de 2026

PorValentina de Aguirre. Periodista, editora y colaboradora de Revista Barco de Papel
Nuestro tercer lugar

Es un miércoles de febrero, pero podría ser un lunes de julio o un viernes de octubre, y estoy sentada en uno de los dos sillones que están en el centro de la Biblioteca de Frutillar. Me gusta instalarme ahí. Mientras leo en el teléfono un artículo que había guardado, mi marido saca una revista National Geographic y se pierde en un reportaje. Mis dos hijas, de 8 y 11 años, leen tiradas en la alfombra, sin zapatos. 

Una escena me llama la atención: a pocos metros de mi sillón, en una mesa, una mamá le lee un cuento a su hija. De repente se acerca a la mesa otro niño, más grande. Las mira y se queda escuchando. Después de un rato, la mamá detiene la lectura y le pregunta si quiere sentarse con ellas. Aunque no conozco a ninguno de los protagonistas de la escena, podría adivinar que no se conocían antes de ese momento. El niño toma una silla y se sienta. Escucha concentrado. Yo intento volver a mi lectura. 

Desde que llegamos a vivir a Frutillar con mi familia, la Biblioteca ha sido nuestro punto de encuentro. Está a medio camino entre nuestra casa y el colegio. Está justo en ese delicado límite entre Frutillar alto y bajo. Siempre está ahí, con las puertas abiertas. No hay que pagar entrada, ni comprar algo. De hecho, ni siquiera es necesario leer o elegir un libro; es un lugar donde uno puede simplemente estar, aunque sea para esperar que pase la lluvia o matar el tiempo entre una cosa y otra.

Siempre hemos dicho que la Biblioteca es como nuestra segunda casa. Hasta que hace poco me encontré con el concepto de “tercer lugar”, acuñado por el sociólogo Ray Oldenburg en 1989. Se refiere a ese espacio que no es ni la casa (primer lugar) ni el trabajo o el colegio (segundo), sino un lugar público, neutral y accesible donde la vida en comunidad ocurre casi sin que nos demos cuenta. 

Al leerlo, pensé en tantas escenas que he vivido ahí: el campeonato de rompecabezas en el que participé junto a dos conocidas muy entusiastas, la obra de teatro que vimos porque justo íbamos pasando, lanzamientos de libros, ferias, cuentacuentos, encuentros inesperados con personas inspiradoras, conversaciones que no hubieran nacido en otros lugares. Pensé también en cómo llevamos a cada visita que viene a vernos a conocer la biblioteca, como si fuera un lugar imprescindible del recorrido (es nuestro imprescindible).

En un ensayo publicado en The Unesco Courier, Oldenburg escribió que “nada contribuye tanto al sentimiento de integración social como la pertenencia a un tercer lugar. Este simple concepto nos recuerda que los vínculos humanos necesitan nutrirse con cierta frecuencia y que la comunidad depende de cosas tan sencillas como algunas mesas, un anfitrión amable y buena disposición para ver lo que pasa cuando nos juntamos con otros”. 

Qué lujo es tener un tercer lugar como éste en Frutillar. Un espacio donde la comunidad se encuentra, donde siempre se puede proponer una actividad, donde todos podemos participar. Sobre todo en el clima de hoy y en una comuna que se define en su división geográfica, qué importante es cuidar estos espacios, darles vida y fortalecerlos. “Es hora de revitalizar el tercer espacio para la discusión, el debate, la camaradería y la risa. Necesitamos ver a nuestros amigos y vecinos y estar rodeados de gente que no conocemos. El tercer espacio es el centro de nuestra búsqueda de una mejor manera de vivir”, escribe Oldenburg.

Sigo en el sillón de la Biblioteca. Y de repente, veo cómo el niño que escuchaba el cuento atentamente se para, va a buscar a su mamá y la invita a sentarse en la misma mesa. Ahora son cuatro personas, donde antes solo había dos, disfrutando de un cuento. Termina uno y sigue otro. Los niños se paran y recorren los estantes. Las mamás conversan.


Esta columna fue publicada en el segundo número impreso de Revista Barco de Papel, puedes hojear aquí y encontrar en bibliotecas públicas y centros culturales de la región de Los Lagos.