Osvaldo Thiers: “Hay que sentir el color, es como la música”
27 de marzo de 2026

Osvaldo Thiers Díaz es pintor, grabadista, escultor y orfebre. A sus 91 años recibió en su casa, un día de invierno en Osorno, a Revista Barco de Papel para dialogar sobre el arte, su trayectoria, su obra y sus inspiraciones.

Un 27 de junio de 1932 nació en Carahue Osvaldo Thiers Díaz. Fue el tercero de cuatro hermanos, hijo de Adalberto Thiers y Emma Díaz. Como relata él mismo durante la conversación, —y también explica con profundidad María Antonia Navarro Quilez, quien investigó a Thiers para su tesis doctoral—, su padre fue un hombre con gran ingenio e imaginación. "Su abuelo ya introdujo el alumbrado a gas en su ciudad, Carahue, instalando la primera empresa de luz eléctrica que generó alumbrado público. Su padre se adelantó a su época siendo el precursor de la fotografía en Chile e instaló el primer cine que hubo en dicha ciudad, además de la primera lavadora automática que era de madera”, escribe Navarro.

Su madre fue una persona de gran sensibilidad y creatividad. Una poetisa que improvisaba versos. “Osvaldo heredó la parte creativa y poética de su madre, su sensibilidad y sus habilidades manuales. De su padre adquirió el don de la innovación y su destreza en la parte mecánica”, agrega Navarro.
¿Cómo influyeron sus padres en su trabajo?
Por el lado de mi mamá, la parte espiritual, sentimental. Mi papá fue de los primeros fotógrafos que hubo en la provincia. Él se dedicó mucho a la fotografía y también tenía un espíritu bastante creativo. Siempre tenía las máquinas más nuevas que salían.
Mi mamá, Emma, era una poeta innata y tenía mucha imaginación. Casi nunca escribía, las tenía en la cabeza. Cuando yo estaba en París, me escribió una carta y me puso una poesía, es lo único que conservo. Ella ya tenía edad y sentía que la vida se le escapaba y recordaba esos felices momentos cuando nosotros éramos niños que ya no volverían.

Entre los inventos, las máquinas y la poética surge un artista multidisciplinario, que ha encontrado en la pintura, la escultura, el grabado, la orfebrería, y también en la cerámica sus formas de expresión. Esa herencia se ve claramente en las decenas de artefactos, esculturas y mecanismos que hay repartidos por su taller.

Entiendo que el molino de su familia, de su infancia, el Molino Thiers de Carahue, fue una gran inspiración.
Bueno, se puede decir que nací entre las máquinas, ¿no? Porque mi padre fue el fundador de la empresa eléctrica de Carahue y después compró un molino, e instaló maquinaria. Es la inspiración para las máquinas que hago, la mayoría de mis esculturas son artefactos que funcionan, son móviles.
Mi formación fue en la Escuela de Bellas Artes de la Universidad Católica, con don Miguel Venegas y don Oscar Trepte. Pero yo realmente hice escultura cuando me contrataron acá en la Universidad de Los Lagos. Encontré una soldadora eléctrica y empecé a experimentar, en forma autodidacta, aprendí a soldar. Yo parto siempre de un movimiento y voy imaginando cómo cortarlo, armarlo, ensamblarlo hacia lo que quiero.
Su educación temprana la realizó en un colegio jesuita de Carahue, y luego en De la Salle de Temuco. Intentó ingresar a Odontología en Concepción pero no lo logró, e ingresó en Ingeniería Química en la Universidad Católica, en Santiago, donde confirmó que la trigonometría no era para él.
Un día yo estaba dibujando en el patio de la universidad y me vio un ingeniero, profesor nuestro, y me dijo: “Tú no eres ingeniero, tú eres artista. Te voy a prestar un libro de acuarela y de dibujo y te vas para el campo y el otro año vienes y te matriculas en la Escuela de Bellas Artes de la Católica”. Y así lo hice, pero mis padres no sabían nada de esto, creían que yo estaba en arquitectura, pero después me apoyaron.
Miguel Venegas fue su profesor de pintura.
Sí, y Exequiel Fontecilla en acuarela. Oscar Trepte fue mi primer profesor. Él me enseñó a dibujar, era un gran pintor alemán. Había estado en la guerra, en Dresden, y estaba casado con una judía. Entonces, él huyó de Alemania y llegó a Chile. Estuvo trabajando en un liceo, haciendo clases primero, pero después lo contrató Miguel Venegas para la universidad, para que enseñara dibujo y pintura.
¿Qué recuerdas de esos momentos universitarios?
Fue muy bueno, Miguel Venegas, después del primer año, me invitó a que fuera a trabajar a su taller. Estaba todas las tardes, hasta el día domingo, en su taller. Ahí conocí a Claudio Bravo, fuimos compañeros, incluso Miguel Venegas le hizo clases a Nemesio Antúnez, a Ricardo Maffei también.
Y ¿qué había de especial en ese taller?
Era un taller extraordinario, la casa era del tiempo de la colonia en la calle Alonso de Ovalle, y fue hecha para un pintor, Pedro León Carmona. Era un taller de dos pisos, con una entrada con naranjos y un patio con piedra huevillo antigua. Venegas tenía en el primer piso una sala de exposiciones, exclusiva, no la abría al público.
Y en el segundo piso tenía el taller, era inmenso, extraordinario, con un escenario. Cuando llegaban artistas, los traía y nos hacía un espectáculo. Él tocaba piano, tenía piano de cola, y realmente fue un formador, no sólo de la parte técnica, sino que también en formación espiritual. Óscar Trepte fue mi primera formación en cuanto al rigor en el dibujo. Él trabajaba mucho por planos, como Cézanne, y había sido discípulo de Óskar Kokoschka en Alemania.
Trabajé en la Universidad de Chile, donde expuse mis obras. Ahí las vio el embajador de Francia y me dio una beca para ir a estudiar cerámica en Bordeaux. Ahí estuve unos meses estudiando francés y luego cerámica, pero yo quería ver el movimiento que había en pintura, escultura, en fin, y pedí irme a París. En París no había vacantes por ninguna parte; pero finalmente pude ingresar a la Escuela Superior de Bellas Artes, donde había estudiantes de todo el mundo, la mayoría profesionales.
Navarro entrega más información de esa etapa. “En la Escuela de Bellas Artes de París trabaja con los maestros Bertrand Dorny y Jacques Lagrange. Realiza dos exposiciones, una muestra en la sala F.I.A.P. de París y un evento para artistas extranjeros en la galería D´Art de Orly, también en París”, explica.

El amor
La conocí una vez que fui con mi hermana a Puerto Fonck. Yo andaba pintando acuarela por la orilla de la playa y entonces me faltaba agua. Pasé a una casa a pedir agua y salió ella a atenderme. Marlis me flechó. Pasé a verla al día siguiente y así, nos mantuvimos en contacto por carta. Para el terremoto [de 1960] yo estaba en Villarrica y entonces pude venir a verla como un mes después porque estaban todos los caminos cortados.
El molino que tenía mi suegro, que era de cinco pisos, con bodegas que abastecían todo el sector, se derrumbó. Ahí tenía como diez mil quintales de trigo. Se perdió todo.
Yo estaba pololeando con ella y, de repente, me ofrecieron una contratación como profesor. Entonces yo le dije a Marlis: “Bueno, ahora nos casamos”. Y nos fuimos al norte, a la Universidad Católica del Norte.
Fue todo un cambio, como de ir de aquí a la luna, porque aquí todo verde y llegamos al desierto. Así que me costó mucho adaptarme. Toda mi pintura tuvo que cambiar totalmente. Pero estuvimos poco tiempo, a mi suegro se le había muerto la señora, me llevé a su hija, se le cayó el molino. Una tía me escribió que por qué no me volvía porque mi suegro, así como estaba, se iba a morir. Así que nos volvimos.
Seguí pintando y ahí empecé a hacer joyas. Encontré un hombre que hacía unos broches, había aprendido en la cárcel, hacía de moneda, lo estiraba con un martillo, le hacía unos grabaditos y le ponía una alfiler, y lo vendía. Y yo le dije: ¿por qué no me enseñas?
Después me entusiasmé y empecé a comprar laminadoras y soldadoras, equipo. Y empecé a estudiar y a hacer joyas. Así que vendía en el Gran Hotel de Osorno, y luego me contrataron de profesor en la Universidad de Chile.

¿Cómo fue su experiencia como profesor?
Yo todo lo que he enseñado en mi vida es aprender a ver las cosas porque la gente realmente no sabe ver, no sabe mirar.
Conocí a mucha gente humilde también. En Santiago yo estudié en una élite ¿no? En cambio acá me tocaban alumnos que no tenían materiales para trabajar, entonces hice clases particulares y gran parte de eso lo usé para comprar materiales para mis alumnos, compraba pigmentos en Santiago, en cantidades, por kilos.
¿Cómo se enseña a mirar?
Bueno, es un proceso largo, ¿no? Yo empezaba enseñando a usar el carboncillo. Después, a medir el tamaño de las cosas, comparar una cosa con otra, a ver las texturas, a apreciar, a ver el color. En eso fallan muchos pintores hoy, no saben ver los colores, no saben llegar a ellos. Yo veo ese color ahí y yo sé cómo llegar. El color que yo pienso, lo doy. Entonces, me ha tocado conversar con pintores que se guían por una carta de colores y combinaciones, pero hay que aprender, hay que sentir el color, lograr que el color suene, que tenga un sonido, tenga una armonía. Es como la música.
En la naturaleza, para mí, siempre hay un misterio. En todas las cosas hay un misterio, además de la forma que veo, esa forma me hace ir imaginando otras. Leonardo Da Vinci decía que había que mirar el tronco de los árboles, luego ver las ramas. Y yo tengo muy acentuado eso. Veo, por ejemplo, un encaje de una cortina y empiezo a ver otras cosas.
Eso lo aplicaba yo también en la universidad, con mis alumnos. Los hacía rayar el papel y les preguntaba: ¿Qué ve usted ahí? Dibuje lo que ve ahí. Y ahí había algunos que no veían nada.
Osvaldo en la voz de Mónica Paz Muñoz, artista y alumna
Mónica Paz Muñoz es artista visual. Estudió con Osvaldo Thiers Díaz en las disciplinas de óleo y grabado en el taller de la Universidad de Los Lagos; para luego complementar sus estudios en Taller La Ventana de Valdivia, la Pontificia Universidad Católica y la Fundación CIEC de Betanzos, Galicia. Aquí retrata su visión desde su experiencia como alumna.
Sobre Thiers, dice: "El maestro es una persona muy rigurosa y disciplinada. La manera de entregar sus conocimientos en el arte es muy académica, utilizando técnicas antiguas y nobles, para así entender el principio de los materiales y su uso. Él trabaja desde un enfoque onírico y surrealista, muy narrativo. Es muy generoso para enseñar, y no impone su estilo, entrega las herramientas para que los alumnos desarrollen su propio lenguaje".
Osvaldo en la voz de María Antonia Navarro Quilez, historiadora
María Antonia Navarro Quilez es profesora de Historia del Arte en ESCAL (Escuela Superior de Cerámica de l'Alcora), en la Comunidad Valenciana. Realizó su tesis doctoral sobre Thiers y la tituló “Osvaldo Thiers. La presencia del surrealismo en Chile. Estudio, catalogación, documentación y conservación de su obra”. Contactamos a María Antonia para profundizar sobre su mirada del artista.
Relatas que te encontraste con la obra de Osvaldo Thiers en un viaje a Chile. ¿Cómo fue ese encuentro con su obra, qué te llamó la atención de su trabajo?
Me llamó la atención su obra por ser diferente y ante todo por la calidad técnica, el trabajo de las texturas y la temática. Por otra parte, era muy interesante recopilar y mostrar la obra de un artista consagrado con larga trayectoria y, sobre todo, rescatar sus orígenes.
El encuentro fue impactante, la primera vez que llegué al taller me quedé abrumada, había mucho trabajo por hacer, organizar, discernir las etapas y concatenar toda su obra de forma lógica sacando la esencia de la misma.
Recorres en ella su historia personal, sus referentes y maestros, su evolución artística y las disciplinas de pintura, grabado y escultura. Respecto de tu exhaustiva investigación…
¿Cuál momento artístico y qué disciplina crees que ha desarrollado con mayor profundidad?
En términos generales ha trabajado el surrealismo, pero antes de encontrarse plenamente en este estilo también experimentó con otros retándose a sí mismo. Los artistas no deben encasillarse o limitan su creatividad. Osvaldo ha sabido experimentar con el hiperrealismo en su serie de autorretratos, con el expresionismo en su denuncia a favor del bosque nativo chileno o con la abstracción en su serie de desechos haciendo una crítica a la sociedad. Pero, ante todo, él ha sido surrealista, desde antes de saber que fuera a ser artista. Esta línea la ha potenciado haciéndola muy personal y prolongando este movimiento tan influyente en su época por años. Su surrealismo no se basa en sueños sino en la visión objetiva de la realidad con un toque trascendental. Da vida a lo material convidándonos a observar el mundo etéreo de los objetos, la vida inmaterial. La creatividad de Osvaldo en su surrealismo es ilimitada por eso ve como pintor lo que nosotros no percibimos a simple vista. La vida después de la vida, el campo espiritual y eterno de cada objeto. Por ello mismo, sus cuadros suelen ser bodegones en espacios abiertos o cerrados pero cargados de un halo misterioso que se pierde en nuestra consciencia finita y tangible y que se extiende en la percepción del espíritu.
¿Por qué crees que no ha sido tan conocida y reconocida su obra en Chile?
Porque le ha faltado la parte de promoción, visualización o difusión. Y esa parte, para un artista que precisa de recogimiento, soledad y privacidad no es apropiada porque le distraería de su esencia y verdadera función, crear. Por tanto, le ha faltado alguien que lo apoyara en esa labor de acompañamiento y expansión de su obra.
Osvaldo ha sido candidato al Premio Nacional de Artes Visuales.
Como historiadora de arte, si tuvieras que elegir algo especial en su reconocimiento ¿qué destacarías?
El ahínco del buen hacer. El arte no solo puede mostrar un producto acabado con una justificación a posteriori, el artista debe conocerse, saber en qué frecuencia vibra, qué es capaz de dar y cómo y, además, expresarlo de forma perceptible para el espectador, como un compendio. Como historiadora del arte me importa mucho el contenido, las temáticas y mensajes que transmitir. El arte realista puede hacer esto y ser sorprendente, más que sorprendente impresionante pero no posee creatividad. La creatividad es dueña del artista. Ambos son al unísono. Osvaldo es reconocible porque tiene un sello de identidad y eso lo hace ser un gran maestro. Enhorabuena por su aportación a la humanidad.