Pablo Schalscha: “Trabajar con lo disponible es una obsesión, una fijación de aprovechar lo que está más cerca”
14 de octubre de 2026

El artista visual y gráfico Pablo Schalscha Doxrud (1974), radicado en Valdivia, enfoca su labor en construir poesía visual que activa diversas formas de acción comunitaria. Su práctica articula el trabajo colectivo, la memoria territorial, y la identidad fluvial.
A través de obras que transitan entre el lenguaje gráfico y la intervención espacial, desde el libro-álbum infantil Nifú Nifá, presentado el 10 de octubre en la librería Gato Caulle de Valdivia y el próximo 24 de octubre en la librería Escrito con Tiza en Santiago o su proyecto Minga. Alegoría fluvial, el artista desafía los formatos. Esta última obra consistió en una gran escultura de miles de hojas de ñocha desfibradas a mano por la comunidad, la cual navegó por los ríos de la ciudad como un artefacto poético que se lanzó a las aguas el mes de marzo del año 2026.
En esta conversación con Revista Barco de Papel, el artista profundiza en su preferencia por los materiales cercanos, la potencia de la intuición y el arte como una puerta para volver a ser parte de un todo.
Pablo, cuéntame sobre cómo fue el proceso de creación de La Minga
La Minga es una intervención de arte en el espacio público, específicamente en los ríos Valdivia y Calle Calle. El trabajo consistió en recolectar ñocha, una fibra vegetal asociada a las prácticas de cestería de nuestra región. El proceso de moldear esa recolección vegetal activó un método de trabajo colectivo. Originalmente el proyecto no se titulaba "Minga", pero durante la producción nos dimos cuenta de que ese era precisamente el corazón de la obra. Había una necesidad de procesar una gran cantidad de material para lograr esa masa crítica, una presencia que te invade y te captura.

Fue un trabajo de mucho tiempo, hecho con muchas personas: amigas, vecinos y gente que no conocía, que llegó voluntariamente a las convocatorias. Hubo personas claves, como Rosa María Salazar en la recolección y cosecha en Rocura Bonifacio. Luego, en mi taller en Valdivia, mucha gente participó en diferentes mingas de procesamiento. Como sabes, la minga es una economía de subsistencia donde muchos trabajan por un objetivo común; quien convoca debe alimentar a esas personas bajo la lógica de la reciprocidad: hoy por ti, mañana por mí. Ese es el corazón del proceso que le da nombre a la intervención.

El trabajo con fibras está muy presente en tus obras, como en "Naturaleza muerta", "Naturaleza aún viva" o "Mil hojas". ¿Por qué eliges esta materialidad?
Tiene mucho que ver con trabajar con lo disponible, es una obsesión, una fijación de aprovechar lo que está más cerca, una ecuación de trabajo que elaboro hace mucho tiempo. También hay un deseo de ocupar una materialidad que te obligue a trabajar con las manos, a tocar las cosas y lidiar con su presencia, fragilidad y plasticidad. Además, tengo un apego muy fuerte a la naturaleza desde niño. El privilegio de vivir en Valdivia, al lado del río, detona estas decisiones.

¿Qué ocurre con el público cuando se acerca a tu obra? ¿Qué observas en ellos?
Esa pregunta siempre se mantiene un poco en el misterio. Uno hace el esfuerzo de averiguar cómo se recepcionan estas ofrendas. Mi impresión es que son trabajos a largo plazo que, al igual que otras formas culturales, requieren repetirse. Son pruebas de situaciones o ritos que buscan prolongarse en el tiempo. Intentamos hacer crecer esa bolita de nieve y repetir la acción bajo una lógica ritual o mítica, donde las cosas suceden una vez al año o por estación porque así están dadas.

También destacas en gráfica y libros de artista, y hace poco lanzaste el libro-álbum Nifú Nifá. ¿Cómo ha sido tu exploración en estos formatos?
Todo viene de una afición por el lenguaje gráfico que desarrollé cuando estudiaba arte. Ahí comprendí la idea de la gráfica como un medio que, dentro de su torpeza, logra abarcar con precisión ciertos aspectos de la vida y los fenómenos. El lenguaje gráfico está en la matriz de mis proyectos de intervención, los cuales luego se traducen en libros de artista, un formato que adoro y me acomoda muchísimo. Es la posibilidad de experimentar con el objeto gráfico, que nunca será fiel a las cosas que suceden, pero abre una ventana paralela donde parece existir un lenguaje universal que hace de espejo de la realidad. Muchos elementos de la gráfica, como la repetición, la secuencia, el contraste o la reproductibilidad, atraviesan toda mi obra. Están en el trabajo manual y artesanal; por ejemplo, La Minga parece un cabello o un pincel, y se hace de una manera tan meticulosa y repetitiva como quien pone tipos gráficos para armar un texto. Por supuesto, también hay un guiño y una oda al objeto libro, que nos acompaña hace tanto tiempo.

¿Cómo ha sido tu trayectoria? ¿Cómo te fuiste empapando de los referentes y temas que hoy trabajas?
De niño era un coleccionista de imágenes. Iba a ferias o donde hubiera impresos de regalo solo para recolectarlas. Estudié pintura y me especialicé en artes gráficas, específicamente en serigrafía. Ahí se cocinaron estos intereses; se formó esa herramienta o juguete con el que sales a lidiar con el mundo. Percibo recientemente que mi trayecto es extraño: parece que uno siempre hace lo mismo, pero recién en estos últimos años tengo la impresión de haber encontrado un lugar donde puedo socializar estos intereses a través de propuestas artísticas. Un espacio donde se reciben de una manera que me hace sentido y resulta más cómodo.
Has fluido entre distintas expresiones y disciplinas. ¿Qué es lo que finalmente estás encontrando en este lugar que describes como más cómodo?
Se trata de identificar aquello que te moviliza a ti y a otras personas, lo cual implica desarrollar confianza en la intuición. Todos tenemos la capacidad de intuir dónde debemos estar, trabajar y socializar; a veces le hacemos caso y a veces no. El primer gesto es encontrar esa claridad y confiar en ella para poder hacer cosas que crezcan por sí solas. Si empujas con esa intuición y confianza, los proyectos adquieren cierta autonomía y uno ya sabe qué es lo que tiene que hacer a continuación.
Pensando en tu proceso creativo, ¿qué temáticas te interesan hoy y qué preguntas te haces antes de empezar una obra?
Para comenzar un trabajo hay cosas basales, como mi interés en el espacio público. Ese espacio extraño que es de nadie y es de todos; un lugar siempre en conflicto, en tensión y en negociación. Siento que hoy ese concepto se ha expandido aún más y abarca también lo que llamamos naturaleza. En Valdivia esto es muy potente porque el espacio urbano se contamina virtuosamente con el natural. Me interesa la posibilidad de apropiarse y participar del entorno. Ahí surge una especie de resistencia a cosas tan elementales que nos definen, como la propiedad o la posibilidad de desplazarse libremente. Estamos permanentemente guiados y mediados para vivir las cosas, por lo que encontrar un punto donde uno realmente se siente parte del entorno es un regalo.
Qué interesante, lograr ser uno con el lugar...
Ser todo y ser uno, claro. Tiene que ver con la vida en sociedad o gregaria; con percibir que no estamos solos aquí. Es armar o disponer la mesa para que se abra como una verdadera puerta a través de la cual uno puede acceder al mundo y a otro punto de vista de las cosas. Ese es tal vez el milagro que a veces produce el arte: crear lenguaje para nombrar esas cosas que aún no tienen nombre, pero que están ahí.
¿Qué artistas o disciplinas te nutren en la actualidad?
Históricamente, mi primera inspiración fue la poesía; los poetas que jugaban con la imagen de la palabra, con la poesía concreta. En Chile, mi primera epifanía fue con Vicente Huidobro, con esas palabras que generaban tremendas imágenes. Hoy tengo muchos artistas favoritos, pero siento que cada vez me inspiran más las cosas, las situaciones o el universo de la infancia. Estos últimos años he admirado mucho el trabajo de artistas brasileños que tienen una relación muy fluida y permeable con su entorno. También me inspiro en el comportamiento de las personas en la sociedad, en la calle. Me llama la atención cómo, a través de distintos gestos, nos vamos apropiando del mundo para expresar un deseo o un anhelo, ya sea desde la ventanita de tu casa o tu antejardín. Ese pequeño universo de acciones donde uno se apropia del entorno está en todas las ciudades y a la vuelta de la esquina.
Más información del artista en https://pabloschalscha.com/
[Registros de los trabajos y del proceso creativo proporcionados por el artista]